La técnica pomodoro: para que tus relatos tengan tomate

Como estamos en Basicast, un portal que gira alrededor del mundo del contenido, los libros, los podcast y la comunicación, este artículo sobre la técnica pomodoro está referida a su aplicación para escribir relatos, pero en realidad es una técnica que se aplica a todo tipo de actividades, tanto profesionales como de ocio.

A medida que vamos madurando, nos toca tomar algunas decisiones muy importantes, que marcarán el rumbo de nuestra vida. Naturalmente, una de las más importantes es a qué nos gustaría dedicarnos.

No somos pocos los que quisimos convertirnos en príncipes y esperar a que una princesa viniera a rescatarnos a caballo, poner en pie a millones de aficionados con mil habilidades futbolísticas o emocionar al público gracias a nuestras excepcionales dotes interpretativas. No somos pocos los que soñamos con cualquiera de estas opciones, y sin embargo, una muy reducida minoría logró realizar estos sueños.

Tranquilos, no hay ningún motivo para la frustración; desde que ponemos de manifiesto tan (in)singulares deseos, nuestra mamá y nuestro papá nos animan a proseguir con estos objetivos, pero también insisten en que debemos manejar otras alternativas, generalmente estudiar una carrera, conseguir un trabajo serio y demás consejos que ya conocemos bien.

El oficio de escritor

Pues bien, vamos con el oficio de escritor. Claro que ha habido magníficos creadores y a la vez personajes novelescos por su tendencia a la acción: Garcilaso de la Vega, el español, poeta y militar; o el también Garcilaso de la Vega, el inca, militar, religioso y aventurero; o la valiente Mary Shelley, de trepidante biografía. No puedo decir si tomaban la pluma a ratos muertos durante sus viajes, cuando el tiempo se lo permitía, entre batalla y batalla, o tenían un modo sistemático de trabajar.

Y luego están los que fueron algo más prudentes y se buscaron algo seguro, como Antonio Muñoz Molina o Luis Mateo Díez, funcionarios por los ayuntamientos de Granada y Madrid, respectivamente, antes que escritores de éxito. Y, como ya es momento de dar sentido al título del presente artículo, estos últimos nos ayudarán a llegar al meollo.

Estos dos magníficos autores y académicos de la Lengua comenzaron su carrera profesional buscándose algo seguro, como les recomendarían en casa. Ojo, que no está nada mal: eligieron algo que también les permitiría dedicarse a su verdadera pasión, la de ser escritores. ¿Cómo lo lograron? Con un trabajo de ocho a tres. Es fácil imaginar que almorzarían, y tal vez que, después de lavar los platos, dedicaran unos minutos a la siesta para recuperar fuerzas antes de sentarse a escribir. Pues bien, aquí tenemos una manera muy intuitiva de cómo se empieza a manejar el tiempo. Liberados, pero también respetuosos con un horario de trabajo muy fijo.

La gestión del tiempo

Claro que ninguno de los escritores mencionados tuvieron que hacer frente a peligrosas amenazas como la que a nosotros nos persigue: la impaciencia, la fiebre por la inmediatez, la angustia de estar desconectados… sí: ninguno de ellos empezó a convertirse en leyenda de la literatura con un teléfono móvil en la mano. Así que lo primero a lo que tienes que estar dispuesto es a dejar todas las distracciones y… apoyarte en la técnica pomodoro.

Sí, a todos se nos ha ocurrido escaparnos a la playa, a una casa rural o un monasterio en busca de la inspiración que no encontramos en la botella de whisky, ni mucho menos en el caos de la ciudad, rodeados de rutina. Pero, amigos, un trabajo de verdad nos exige disciplina. Y la disciplina pasa por encontrar un espacio y una dinámica de trabajo, por reservar un tiempo para escribir.

Ahora sí, la técnica pomodoro

Sus rudimentos se explican con facilidad. Consisten en una división del tiempo inspirada en los temporizadores que se emplean en cocina, esos que, en efecto, tienen forma de tomate –pomodoro en italiano. Se trata de establecer bloques de trabajo de 25 minutos, en los que podemos alcanzar la concentración máxima, alternados con pausas de cinco minutos, en los que podemos hacer lo que nos apetezca con el objeto de desconectar. A continuación seguirá un segundo y un tercer ciclo completos, al término de los cuales volveremos a dar el máximo rendimiento durante otros 25 minutos antes de tomar, en esta ocasión, una pausa de diez minutos., es decir, cuatro ciclos. Y vuelta a empezar.

O sea, que si me pongo a trabajar en intervalos de 25 minutos más cinco de descanso, ¿alcanzaré una especie iluminación literaria, me volveré productivo y a la vez las musas se aparecerán para regalarme ingenio y talento? Bueno, no nos emocionemos.

Estructurar el trabajo de escritor

Hay que dar un paso más, pues no se trata de emplear 25 minutos en trabajar, así, en abstracto sino de estructurar previamente en qué vamos a invertir cada bloque de trabajo. Una posibilidad es, por ejemplo, empezar repasando lo que hicimos ayer antes de entrar en materia, apuntalar detalles que nos dejamos a medio esbozar, corregir erratas, afinar nuestros giros lingüísticos más rebuscados… ¿Qué tal 25 minutos para ello?

También puede que nos toque investigar sobre la época que estamos recogiendo en nuestra novela, lo que significa consultar libros y fuentes, tomar notas, comprobar si lo que teníamos previsto encaja en nuestro relato. Tomo como ejemplo el mito de las películas de romanos en las que siempre se colaba algún tipo con reloj en la muñeca o los gazapos más actuales de la afamada serie Juego de Tronos. Verdad o no, lo importante es que no te ocurra a ti. Para pulir estos detalles cada vez que se presentan, tal vez 25 minutos de comprobación de vez en cuando puedan hacer maravillas en el resultado final.

Como es lógico, esto de la investigación dependerá del contexto que hayamos elegido y el conocimiento que tengamos sobre él. Si queremos relatar la historia de nuestra familia, en ese caso nuestra investigación consistiría en ir hablando con todos los miembros para que nos ayuden a refrescar la memoria, nos expliquen cómo se comportaban aquellos que ya no están ahí… Para todo su tiempo. Escucha, pregunta, anota siempre.

Habrá momentos en los que, después de haber investigado por uno u otro medio, necesites ordenar tus anotaciones, extraer lo más importante, condensar todo para tener las ideas claras cuando te pongas a escribir. ¿Es el caso? Para eso puedes dedicar 25 minutos de pomodoro.

Tras estos bloques de trabajo, puede que ya estés preparado para avanzar en tu relato. Sirvan los siguientes 25 minutos, y tal vez los siguientes o los dos siguientes, para ponerte manos a la obra.

¡Ánimo! Ahora lo tendrás mucho más fácil. Y créeme: verás cómo las ideas te vienen con mayor facilidad.


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